Cooperativas de vivienda: Cuando faltan recursos, también falta una política de futuro

Cooperativas de vivienda: Cuando faltan recursos, también falta una política de futuro

La crisis del acceso a la vivienda no puede explicarse únicamente por la ausencia de recursos económicos. También revela una determinada concepción del desarrollo. Para FUCVAM, fortalecer el Fondo Nacional de Vivienda significa mucho más que construir casas, implica dinamizar la economía, generar empleo y reconstruir la esperanza colectiva.
CONSTRUIR VIVIENDAS ES CONSTRUIR PAÍS
Cada vez que se anuncia que no existen recursos para financiar nuevas cooperativas de vivienda, la discusión suele quedar atrapada en una explicación contable. Sin embargo, reducir el problema a la falta de dinero es ignorar una verdad mucho más profunda, cuando un país deja de invertir en vivienda, también deja de invertir en su propio desarrollo.
Desde FUCVAM se insiste en una idea que ha atravesado décadas de historia del movimiento cooperativo, la escasez de viviendas no es consecuencia del cooperativismo, sino de un Fondo Nacional de Vivienda que hoy carece de los recursos suficientes para cumplir con el objetivo para el cual fue creado.
La pregunta, entonces, no debería ser únicamente por qué no hay fondos, sino por qué la vivienda dejó de ocupar un lugar estratégico dentro de las prioridades nacionales.
Cada cooperativa que comienza a construirse pone en movimiento una extensa cadena económica. Trabajan las barracas de materiales, las herrerías, las empresas sanitarias, los comercios de barrio, los transportistas y los pequeños proveedores. Se generan oportunidades para arquitectos, ingenieros, escribanos, asistentes sociales, contadores y técnicos de diversas especialidades. La vivienda tiene un efecto multiplicador que pocas inversiones públicas poseen.
Pero existe un beneficio aún más importante, aunque menos visible en las estadísticas. La vivienda cooperativa construye comunidad. Allí donde antes había incertidumbre, aparece un proyecto colectivo. Donde existía precariedad, nace un barrio. Donde predominaba la resignación, florece la organización social.
Por eso resulta inevitable formular algunas preguntas que trascienden la coyuntura.
¿Por qué no se fortalecen los recursos del Fondo Nacional de Vivienda?
¿Por qué se construyen menos viviendas cuando el déficit habitacional continúa afectando a miles de familias?
¿Por qué no convertir al cooperativismo en una verdadera política de Estado, sostenida en el tiempo y no condicionada por los ciclos presupuestales?
Porque fomentar la construcción de cooperativas significa mucho más que levantar paredes. Significa generar empleo genuino, fortalecer las economías locales, movilizar el comercio, formar profesionales comprometidos y garantizar el derecho fundamental a un techo digno.
Las sociedades suelen definirse por aquello que deciden construir. Algunas invierten en infraestructura; otras, en conocimiento. Pero pocas inversiones poseen un retorno social tan amplio como la vivienda cooperativa. No es un gasto, es una inversión que multiplica trabajo, integración y ciudadanía.
Tal vez la discusión no deba centrarse en cuánto cuesta construir viviendas, sino en cuánto le cuesta al país no construirlas. Porque cada cooperativa que no nace representa familias que siguen esperando, trabajadores que no encuentran empleo y comunidades que pierden la oportunidad de crecer.
Y un país que posterga el derecho a la vivienda termina postergando, también, una parte esencial de su propio futuro.

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