CORTADA

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El cierre de Coleme en Melo: la historia de una caída anunciada durante décadas

La cooperativa láctea más antigua del país dejó de operar tras décadas de pérdida de productores, conflictos y cambios en el mercado.

La historia del cierre de Coleme, con 94 años a cuestas, comenzó hace mucho tiempo y no necesariamente en estos últimos días en que bajó la persiana. Tampoco el año pasado, cuando la empresa anunció una reestructura ni cuando recortó personal para intentar equilibrar sus cuentas.

Para quienes vivieron la transformación desde adentro, el desenlace que hoy deja sin empleo a una treintena de trabajadores y pone fin a una cooperativa fundada en 1932 es el resultado de un deterioro prolongado, construido a partir de decisiones empresariales, cambios en la producción lechera y transformaciones en los hábitos de consumo.

“Cuando entré, trabajaban entre 80 y 90 personas, además de los zafrales. En cada temporada se contrataban entre 10 y 15 trabajadores más. Había producción, había movimiento y había perspectivas”, dijo a Montevideo Portal un extrabajador de esta cooperativa de Cerro Largo, que laboró allí tres lustros —empezó como zafral— y que prefirió mantener el anonimato.

Al momento del cierre, quedaban menos de 30 empleados y apenas 12 productores remitentes, una cifra que contrasta con los cerca de 80 que abastecían a la planta 15 años atrás.

Luego de que la última sirena sonara el 8 de junio en la planta, la empresa Urulac firmó este jueves 12 un contrato de arrendamiento por 90 días para uso y mantenimiento de la infraestructura. Según informó Telemundo (Canal 12), fueron retomados cuatro trabajadores. De todos modos, esto no implica un rescate y el futuro de las propiedades de la empresa irán a concurso.

El declive de este sector se ha visto evidenciado en otros cierres de plantas similares, como la de Pili en Paysandú, Schreiber Foods en San José, o más recientemente, Calcar en Carmelo o la planta número 14 de Conaprole en Rivera. Incluso, el año pasado, dijeron basta 150 tambos en todo el país, pese a que los precios acompañaron al alza.

En los últimos diez años, la cantidad de tambos en Uruguay —incluidas las queserías artesanales— se redujo a una tasa promedio del 3,5% anual, mientras que los establecimientos que remiten leche a plantas industrializadoras registraron una disminución del 2,5% por año. En tanto, de acuerdo con datos del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP), entre 650 y 700 tambos dejaron de funcionar en el país durante la última década.

El papel de Conaprole

En la reconstrucción que realiza el exfuncionario de Coleme, uno de los puntos de inflexión se encuentra en la decisión adoptada por una directiva de desvincular a la planta ubicada en Melo de su histórico convenio con Conaprole.

Hasta entonces, la cooperativa elaboraba quesos a fasón para la principal industria láctea del país y distribuía sus productos en distintas localidades del departamento de Cerro Largo. El acuerdo garantizaba volumen de trabajo, suministro de leche cuando era necesario y respaldo comercial.

“Éramos una planta que trabajaba para Conaprole. Si faltaba leche, Conaprole enviaba más. Los quesos ya estaban vendidos antes de producirse. Había una estructura que funcionaba”, señaló.

La ruptura del convenio, concretada en 2017, obligó a Coleme a competir por cuenta propia en un mercado dominado por actores de mayor escala. “Pasamos de ser el pececito que nadaba debajo del tiburón a tratar de competir directamente contra él”, añadió en clave metafórica.

A partir de entonces comenzaron los seguros de paro rotativos, el cierre de la quesería y una reducción progresiva de la actividad. Era el principio del fin.

Menos productores, menos respaldo

El proceso coincidió con la desaparición gradual de pequeños tambos de la región. El número de productores disminuyó año tras año, aunque no necesariamente cayó en la misma proporción la cantidad de vacas en producción debido a que muchos establecimientos más grandes absorbieron a los pequeños remitentes que abandonaban la actividad.

“Los productores chicos fueron desapareciendo. Algunos no pudieron sostenerse y otros terminaron vendiendo sus rodeos. Así, la cooperativa comenzó a perder base social y capacidad de reacción”, afirmó.

El extrabajador también cuestionó el involucramiento de parte de los socios cooperativistas en las decisiones estratégicas. “Muchas veces se habla de mala administración, pero los dueños eran todos los productores. Hubo momentos en los que faltó interés para discutir lo que estaba pasando y para exigir cambios cuando todavía había margen para hacerlos”, enfatizó.

Venta de activos y el endeudamiento

Con el paso de los años, la empresa inició un proceso de desprendimiento de activos para afrontar obligaciones financieras. Entre otras medidas, vendió terrenos que poseía en Melo y cerró áreas complementarias de actividad, como la producción de raciones y el almacén cooperativo que funcionaba frente al local de la UTU.

El dinero obtenido permitió solventar deudas y sostener operaciones durante algún tiempo, pero no logró revertir la situación estructural. “Se vendió patrimonio para cubrir problemas del momento. La plata entraba, y salía para pagar obligaciones. Al final quedaba cada vez menos respaldo”, explicó el trabajador consultado.

A ello se sumaron créditos bancarios, deudas tributarias y la utilización de fondos estatales destinados a apoyar a industrias lácteas en dificultades. Esos recursos no se tradujeron en una modernización significativa de la planta.

“Nunca hubo una reconversión real. Las máquinas siguieron siendo prácticamente las mismas durante años. Era una empresa que seguía trabajando de forma muy artesanal en un mercado que cambiaba rápidamente”, afirmó.

A su vez, la situación interna coincidió con transformaciones profundas en el consumo, con la expansión de la leche larga vida, la creciente presencia de productos brasileños en la frontera y la llegada de nuevas marcas que modificaron un escenario en el que la leche fresca había sido históricamente el principal producto de Coleme.

“La gente ya no compra como antes. Va una vez por semana al supermercado y busca productos con más duración. Eso favoreció a la leche larga vida”, indicó. A ello se sumó la competencia proveniente de Brasil, país de estrecho vínculo con este departamento fronterizo. “Cada vez ingresaba más leche brasileña. En un departamento como este eso tiene un impacto enorme y era muy difícil competir solamente con precio”, agregó.

La reestructura inútil

Durante los últimos años, la cooperativa impulsó sucesivas reestructuras, como aquella que acometió en octubre de 2024, cuando envió al seguro de paro a 15 trabajadores. Meses después varios de ellos fueron despedidos. Más tarde, en febrero de 2025, hubo una nueva reducción de personal y se tercerizó buena parte de la distribución.

Para el extrabajador, esas decisiones permitieron reducir costos en el corto plazo, pero afectaron la capacidad comercial de la empresa. “Cuando se tercerizó la distribución, empezaron los incumplimientos con clientes. Se perdieron recorridos, se perdió presencia y otros competidores ocuparon esos espacios”, acotó. Entiende que la reducción del personal no atacó los problemas centrales.

“Muchos pensaron que si despedían a una parte de los trabajadores el resto se iba a salvar. Pero la situación económica era mucho más profunda. El problema no era solamente la cantidad de empleados”, dijo.

El punto final

La resolución definitiva llegó cuando los productores encontraron una alternativa para colocar su leche fuera de la cooperativa. Con la posibilidad de remitir a Conaprole y ante la imposibilidad de sostener la operativa, los socios optaron por iniciar un concurso voluntario.

De este modo, esa decisión marcó el final de una institución que durante décadas ocupó un lugar central en la economía de Cerro Largo. Cuando el lunes 8 de junio pasado, al mediodía, sonaba la sirena de la planta, se acababa una historia de casi un siglo.

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